México, 19 de septiembre de 1985.

septiembre 25, 2007

El 19 de septiembre se cumplió un aniversario más del sismo de 8.5 grados richter que en 1985 sacudió la ciudad de México. Ya pasaron 22 años de aquel momento que arrebató la vida de miles de personas. La distancia facilita pensar el hecho, y hoy es claro que ese sismo acabó con miles de sueños y proyectos individuales, pero sobre todo, que tiró al suelo el sueño de la modernidad que México perseguía y que desde los años 30 le habían vendido los gobiernos priístas –y los partidos que le antecedieron.

Este país, como tantos otros, fantaseó con la industrialización del campo y el desarrollo de grandes ciudades. El automóvil, el concreto y las fábricas de chimenea sintetizaban ese ideal. Pero el 85 demostró que buena parte de esto fue una farsa. Se evidenciaron problemas en la construcción de edificios públicos. Las primeras estructuras que colapsaron fueron hospitales, edificios de administración pública y viviendas de interés social. Ocurrido el terremoto, las primeras acciones de rescate fueron ejecutadas por civiles organizados espontáneamente. El gobierno de Miguel de la Madrid tardó 24 horas en emitir un solo comunicado. Ninguna autoridad mostró capacidad alguna para encarar el problema. El 85 desvaneció en el aire el paternalismo oficialista. Como en el 68, el descontento popular con papá pri dio lugar a la organización social que reclamó sus derechos por muchos años. Algunos grupos siguen activos en reclamos de la ayuda que nunca recibieron. 1985 dio lugar a la reaparición de las “acciones inmediatas, desobedientes y si se quiere inciviles (porque desquician el tráfico, que no le piden permiso al rating de las televisoras para interrumpir sus transmisiones) de la sociedad civil.” [1]

La imagen del progreso a principios del siglo XX fue la conjunción del acero y el concreto, materiales que una vez dominados encontraron su mejor función en la carrera de los grandes edificios por alcanzar mayores alturas. En su manifiesto constructivista Naum Gabo se preguntó cómo serían aquellas ciudades modernas que glorificaron los futuristas; sólo pudo imaginar “un arenal de locos automóviles y depósitos de chirriantes vagones y alambres intrincados, el estruendo y el ruido de calles atestadas de vehículos.” [2] En Terremoto, 1985, de Andrés Garay encuentro la ilustración de ese sueño perdido. Se levanta victoriosa la torre latinoamericana -junto con la ciudad universitaria, lo más representativo de la arquitectura moderna en México- entre los escombros de las construcciones menos afortunadas.  Los mismos elementos en otro contexto. Acero retorcido y concreto derruido en la fatalidad del centro de la ciudad. La carrera no era por el cielo ni la velocidad de los motores. La urgencia era encontrar a las víctimas de nuestra modernidad.

Andrés Garay, Terremoto, 1985

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[1] Carlos Monsivaís, No sin nosotros. Los días del terremoto, 1985-2005, México, Era, 2005.

Gabo, Naum y  Pevsner, Antoine, Manisfiesto constructivista, 1920, versión electrónica

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