Vicente Rojo

agosto 24, 2007

El próximo sábado 25, a las doce horas, se inaugura la exposición Volcanes construidos. 25 esculturas de Vicente Rojo.

La muestra se presentará en el Colegio Nacional, que se ubica en Donceles 104, Centro Histórico.

Foto. Luis Humberto González

Fotografía de Luis Humberto González

“Pintura y escultura, el centro de mi vida”: Vicente Rojo. Entrevista de Miguel Ángel Ceballos. El Universal. Aquí:

El taller en donde Vicente Rojo trabaja todos los días refleja mucho de su personalidad. Es un lugar de espacios generosos que permiten la desbordante entrada de la luz. No hay orden, pero tampoco caos; se puede percibir su gusto por la movilidad de las cosas. Hay un jardín que lo primero que provoca es melancolía y en donde los dueños son la tranquilidad y el silencio.

Así también es Rojo, un hombre luminoso, generoso y lleno de tranquilidad y melancolía. Obsesivo, él mismo lo reconoce y celebra, pues dice que las obsesiones lo hacen seguir trabajando. Confiesa que su deseo era pintar, mas no ser pintor, porque no le interesa estar bajo los reflectores o ser un “personaje importantísimo”. Simplemente es un diseñador riguroso cuyos únicos éxitos son el amor y la amistad.

Vicente Rojo nació en 1932, en Barcelona, España, en donde realizó estudios de escultura y cerámica. Llegó a México en 1949 huyendo de la Guerra Civil, una etapa de su vida de la que tiene los peores recuerdos. Su trabajo como diseñador en este país le ha valido un sinnúmero de reconocimientos, entre los que destacan el Premio Nacional de Arte (1991), el Premio México de Diseño (1991), Excelencia en Diseño Gráfico (1992) y el doctorado honoris causa de la UNAM (1998). Desde 1994 es miembro de El Colegio Nacional, donde exhibe la muestra Volcanes construidos.

—¿Fue una niñez difícil en España?

—Sí, fue un poquito difícil y dura, porque yo tenía cuatro años cuando comenzó la Guerra Civil: fueron tres años de guerra y luego 10 de posguerra, hasta que llegué a México, en donde mi padre se había refugiado desde 1939. Llegué 10 años después, en 1949. Y bueno, ¡qué recuerdos se pueden tener de una época tan dura y difícil!, sobre todo porque mi padre estaba exiliado en México y mi madre se quedó en Barcelona con sus cuatro hijos y sus padres, mis abuelos, y tuvimos que resistir esa continuación de la guerra. Siempre he pensado que la guerra terminó cuando murió Franco, porque pocos vencedores se han ensañado tanto con los vencidos como él.

—¿A qué juega un niño en ese ambiente?

—Me recuerdo con lápices y papeles. Me gustaba recortar, pegar, tratar de dibujar, no lo hacía muy bien, al menos no como consideraba que debía hacerlo. Me costaba mucho, pero ese era realmente mi juego y temo que lo sigue siendo hasta la fecha.

—¿Qué le gustaba hacer?

—Me gustaba el cine. Disfrutaba de escuchar los partidos de futbol por la radio. Mi familia estaba en una situación económica muy difícil y no podíamos ir al campo, pero seguía los resultados y al día siguiente hacía una especie de tiras en donde dibujaba a un futbolista metiendo los goles. Poco a poco también me fui aficionando al cine, en la medida en que podíamos ir, que no era muy seguido. No sé si podría decir que la primera emoción estética que yo recuerdo haber sentido fue en el cine.

—¿Aficionado al Barcelona?

—Claro. Durante una época fui aficionado al Español de Barcelona porque tenía un portero muy bueno; luego se supo que el Español era una cuña que los franquistas pusieron para enfrentarlo al Barcelona y dividir a la afición. No estoy muy seguro de eso, pero por ahí se decían esas cosas.

—¿Sólo era aficionado o jugaba futbol?

—No, mi única afición era escuchar resultados. Me gustaba que ganara el Barcelona y, como buen aficionado, me alegraba que perdiera el Real Madrid. El futbol era entretenimiento en una situación difícil.

—¿Cambió su visión al llegar a México?

—Llegué a los 17 años y siempre he dicho que aquí volví a nacer, o que nací por primera vez. Encontré la libertad. Ahora puede resultar muy difícil entender la luz tan brillante que encontré en México, pero cuando llegué, para mí era como una imagen de libertad, de algo que no había vivido ni conocido hasta ese momento.

—¿Qué lo sorprendió?

—Absolutamente todo. Para mí fue un encuentro afortunado, un enamoramiento con la ciudad y el país, al que poco a poco pude ir conociendo… y como soy muy fiel, el enamoramiento sigue hasta la fecha.

—¿Cómo fue el reencuentro con su padre?

—Cuando llegué tuve mis primeras pláticas con él porque casi no lo conocía, lo había dejado de ver a los siete años. Me preguntó qué quería hacer, si estudiar o trabajar. Yo no había tenido buenas experiencias en las escuelas, no me gustaban, me asustaban, entonces le dije que quería trabajar. Me consiguió un trabajo haciendo dibujitos para un diccionario: caritas, florecitas, máquinas, retratos y plantas. En enero de 1950 conocí a Miguel Prieto y eso fue para mí un encuentro excepcional. Miguel era lo que hoy llamaríamos diseñador gráfico, pero entonces lo conocíamos como tipógrafo. Era pintor y entré a trabajar con él como aprendiz y asistente. Él era jefe de ediciones del INBA, y de ahí empecé a integrarme en la cultura mexicana. Los aprendizajes, estudios y conocimientos que pueda tener, muchos o pocos, todos fueron a partir de ese momento. Prieto me llevó como su aprendiz al suplemento “México en la Cultura”, del diario Novedades, que dirigía Fernando Benítez. Ése fue otro de mis grandes encuentros y de mis grandes amigos, fue una amistad que duró 50 años.

—¿Qué hacía para distraerse?

—Bueno, aquí ya pude empezar a ver cine con más frecuencia. Me encontré con algo muy importante: que el cine no estaba doblado. En España había muy pocas películas que se pudieran ver sin doblaje y yo tenía la percepción de que esa voz superpuesta podía cambiar el contenido. Otra de las imágenes de libertad que recuerdo fue poder ir al cine y ver películas en su idioma original. Además, tengo una cierta fijación con las cintas estadounidenses de los 40, el cine negro y algunas comedias, pero al mismo tiempo las películas de El Indio Fernández y las imágenes de Gabriel Figueroa me resultaban muy atractivas. Dentro de mis escasos conocimientos de la época, percibía que era un México un poquito idealizado, pero me parecía fascinante.

—¿Y aquí le siguió gustando el futbol?

— No. Cuando llegué un hermano mío me dijo: mira, aquí el futbol es muy malo, aquí lo que es bueno es el beisbol. No se cómo sea ahora, pero por el beisbol ya no quise entrar, para mí era muy complicado, a pesar que vivía al borde del parque Delta y todas las noches escuchaba los gritos de la gente que acudía a ver los juegos. Dejé los deportes a un lado porque estaba concentrado en mi trabajo, en aprender del arte prehispánico y de la pintura mural, yo sentía que era lo que quería hacer.

—¿Desde entonces sabía que sería artista?

—Lo que quería era pintar, no ser un pintor, eso no me ha convencido nunca.

—¿Cuál es la diferencia?

—El ser pintor tiene una connotación pública, crea o fabrica una serie de personajes que parecen importantísimos. Tienen una imagen ante la sociedad como figuras, pero yo nunca he pretendido eso. Lo que haya logrado en ese aspecto ha sido por mi trabajo. Yo tengo la tranquilidad de que, como al parejo de la pintura y escultura llevo el diseño gráfico, me siento útil socialmente, cumplo con una función cultural, el diseño siempre me ha interesado como difusión cultural. Me da la idea de que tengo los pies en la tierra, mientras que la pintura, creo, no cumple ninguna función.

—¿Le incomoda ser considerado una “vaca sagrada” de las artes visuales?

—Yo no me considero ninguna figura, aunque sí he tenido reconocimientos como resultado de mi trabajo, que ha sido mucho. En cuanto a calidad no puedo calificar mi obra, pero en cuanto a cantidad creo que pocos me ganan. Soy un artista muy disciplinado porque la práctica del diseño obliga a hacer un trabajo muy riguroso y con estructuras muy definidas que hay que respetar. Esas estructuras me sirven en mi pintura para reafirmarlas, recrearlas y trabajar con ellas con una libertad que el diseño gráfico no da, porque es un arte aplicado que tiene que cumplir una función; pero sobre mi obra, no tengo muy claro qué función cumple. La pintura y escultura han sido el centro de mi vida, aunque eso no quiere decir que yo las considere útiles para los demás, aunque para mí sí lo son.

Muchas veces se me ha definido como un pintor geómetra, y en efecto, parto de la geometría, pero no perfecta. Trato de hacer una geometría impura, es decir, a partir de esas formas tan hermosas y sencillas que sorprenden a todos, que están dadas y son muy eficaces, lo que quiero es transformarlas. Sé que es difícil o imposible, pero siempre me ha gustado proponerme cosas imposibles en el campo de la “creación artística”, mientras que en el campo del diseño todo debe cumplir una función.

—¿Qué música prefiere escuchar?

—Igual que con la lectura, tengo una gama muy amplia, desigual y personal. La música que disfruto va desde los clásicos, como Bach, hasta Pérez Prado. No creo en el arte culto ni en el popular, yo creo que todo es lo mismo y por eso puedo moverme en el terreno musical y en las lecturas con absoluta naturalidad y tranquilidad.

—Ahora que menciona a Pérez Prado, ¿qué tal es Vicente Rojo en el baile?

—Pésimo, nunca he podido bailar ni cantar. No le entro a la escritura, la bailada ni a la cantada.

—¿Entonces nunca llevó serenata?

—No. Fui a algunas serenatas de amigos porque me parecía algo muy atractivo que en aquella época se hacía.

—¿Qué tanto se refleja su creatividad manual en sitios como la cocina, por ejemplo?

—Nada. Soy incapaz de hacerme una torta o preparar un huevo estrellado.

—Entonces disfrutará de visitar buenos restaurantes…

—Pues todo lo puedo disfrutar, pero no mucho porque, volviendo a los años de la posguerra, todo era escasez, y cuando había no era de buena calidad, entonces yo no me formé con un paladar especial. Trato de comer las cosas más sencillas, más naturales, eso me tiene muy a gusto.

—¿Le sigue seduciendo esta ciudad?

—Sí, mucho. No siempre las cosas suceden como uno quisiera, pero ese dinamismo que tiene me parece muy atractivo, para mí es una referencia constante. De lo que yo me nutro para mi vida y mi pintura está básicamente en la ciudad de México.

—¿Ha hecho locuras en su vida?

—Bueno, ya es bastante arriesgado suponer que puedo pintar y defenderme con ello. Me parece que en todos los escritores, pintores y músicos hay un punto de locura ligada a algo muy importante, la imaginación; sin ésta no viviríamos y yo he tratado de concentrarme en esa especie de locura, de estar imaginando cosas que uno no sabe a dónde van a llegar, ni desearía saberlo. Eso ya tiene un poco de locura. Otra locura fue dibujar gatos. Durante una época me puse a dibujarlos con un supuesto sentido del humor, aunque no sé si lo tenían.

—¿Es un hombre de obsesiones?

—Sí, afortunadamente. Las obsesiones son lo que hacen que uno pueda seguir trabajando, bueno, mientras hay una obsesión detrás de otra. Yo he trabajado a través de series de pintura y escultura y eso me obliga a pensar que cuando una está terminando otra está en camino. Ahora estoy haciendo una nueva que es un homenaje a los escritores y poetas y se llama Escrituras.

—¿Qué es lo más importante que le está sucediendo en este momento en su vida?

—He tenido una suerte enorme y muchos éxitos, pero siempre han sido privados, tienen que ver con el amor y la amistad y, como su nombre lo indica, son privados. Creo que son el único éxito que he tenido.

2 Responses to “Vicente Rojo”

  1. Roberto Says:

    Bien por la información pero, ¿dónde se realiza la exhibición? Saludos.

  2. Nicole Moya Says:

    Tus trabajos son espectaculares, te admiro muchisimo, tienes un portafolio de lujo!


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