Manuel Álvarez Bravo. Retrato del viento

octubre 21, 2007

El año del 2002 fue considerado el año de Manuel Álvarez Bravo, el fotógrafo más importante de México y uno de los más destacados del siglo XX. Se eligió ese año pues don Manuel cumplía un centenario de vida. En el mes de Octubre, el día 19, falleció, mientras varias muestras de su trabajo ocupaban los espacios de galerías privadas, museos locales y las salas del Palacio de Bellas Artes. A cinco años de su partida, dejo aquí algunos fragmentos de un texto con el que Elena Poniatowska le brindó un homenaje.



Retrato del viento


Saint Exupery dijo alguna vez que sólo lo esencial es invisible. ¿El viento se puede retratar? Las sábanas en la azotea movidas por él sí; el pelo de la muchacha que corre a su cita con el novio sí, pero ¿el viento? Manuel Alvarez Bravo toma a Las lavanderas sobrentendidas. No hay una lavandera ni por equivocación, y si las hubo se fueron. Sólo dejaron ropa tendida al sol, sobre la punta de los magueyes. ¿Por qué La hija de los danzantes es hija de los danzantes? ¿Por qué los ve zapatear sobre la acera como lo hacen los concheros en la Villa? ¿Por la forma en que acomoda sus pies el uno sobre el otro? No, lo es porque Manuel lo dice.

Mar de lágrimas es una cruz solitaria, hecha con esos maderos tan bellos que pule el mar, plantada en la arena de Cuyutlán. Todas las lágrimas del mar se agolpan frente a la cruz en un perpetuo regresar de olas. Sal sobre sal. ”La vi tan triste; tenía un sentido tan dramático, tan fuerte, que le dije: ‘estás hecha un mar de lágrimas”’. Sí, Manuel, tienes razón, el hombre es frágil, desaparece. Su vida es muy corta; la amenazan todos los elementos, dura apenas un parpadeo, el tiempo que lleva clavar una cruz sobre la arena antes de que se la lleve la resaca.

Coronada de palmas nada tiene que ver con el domingo de palmas, sino con una solitaria barquita triste en la tarde gris, que ha venido a encallar en la playa y un pescador rodeó de ramas de palmera a modo de compañía. Sepulcro traspasado es una humilde tumba sobre la tierra, tan efímera y definitiva como el último suspiro. Sólo Manuel ha tomado lo invisible, lo que no estaba allí ni va a estar nunca.

La hija de los danzantes, 1933

El mercurio

Todos creen que el mercurio es un metal, líquido a temperatura ambiente, cuyo vapor se utilizó para desarrollar las imágenes del daguerrotipo. O de perdida creen que es el velocísimo dios griego con alas en los pies. O que es el hermano de Icaro, quien intentó volar. No, señoras y señores, el mercurio es un hombre delgado, pequeño, que cabe en todas partes. Con razón, Manuel Alvarez Bravo es tan buen fotógrafo. No se nota. Duende, se descuelga de una rama y se mece yendo de una liana a otra hasta llegar a su destino. Uno de los requisitos de Cartier Bresson, su gran amigo, para trabajar más a gusto era que no se le reconociera en la calle, por eso nunca o casi nunca aceptó que se le tomara una fotografía, salvo cuando era joven. Ser un espectador anónimo era su aspiración. Manuel Alvarez Bravo se olvida de sí para ser sólo su lente, su cámara, la continuación de su ojo. Casi todo lo ve en función de su oficio: ”¡Qué bonita la luz ahora sobre la pared azul!” A él, la luz lo sigue por todas partes, el sol va pisándole los talones. Tengo la sensación de que lo hace todo a hurtadillas para no espantarlo. La vida le entra por los ojos. No es que tome fotografías mentales a toda prisa; al contrario, es muy lento, tanto que desespera, prepara su cámara y aguarda, aguarda, aguarda. Tiene toda la paciencia del mundo. ¿Si esto no es “contemplación” que puede serlo? Manuel tiene dentro de sí, todas las órdenes contemplativas. Es muy tardado, pero es muy leve, no se siente, no ocupa espacio, no pesa; casi invisible, espera, su cámara lista, horas y horas.

Caballo de madera, 1928

La buena fama durmiendo

La buena fama durmiendo fue un encargo de André Breton. ”Se iba a hacer una exhibición del surrealismo en la Galería de Inés Amor. Trabajaba como profesor de fotografía en la Escuela Central de Artes Plásticas. Ese nombre se lo puso Diego Rivera, pero todos le decíamos San Carlos. Nos pagaban cada diez días y hacíamos cola frente a la caja”.

Breton llamó por teléfono a San Carlos y le preguntó a Manuel, a través de un intérprete (porque Breton no hablaba español), si haría la portada del catálogo de la exposición surrealista. Manuel aceptó. Haría la foto en forma automática, al igual que la escritura surrealista. Le pidió a la modelo Alicia, que también esperaba su paga: ”¿no subirías a la azotea para que te tome una foto?”. ”Cómo no”. Manuel llamó al doctor Francisco Marín, hermano de Lupe. “¿Puedes venir con unas vendas para una modelo?”.

Asustado, creyendo que algo grave sucedía, el médico corrió a la farmacia y en cinco minutos estuvo en San Carlos. Manuel lo tranquilizó: “No es nada, Pancho, sólo se trata de vendar el cuerpo desnudo de Alicia”.

Manuel escogió el tobillo y las muñecas, como lo acostumbran las bailarinas para su calentamiento. Le encargó al hijo del velador de San Carlos que fuera al mercado a comprar unos abrojos (espinosos), no sabía por qué ni cómo los iba a usar, ni si el niño los encontraría, porque no siempre los hay. ”Préstame tu manta con la que te tapas en la noche”, le dijo al velador, y gracias a estos impulsos surrealistas, acomodó a la chica en la cobija, mientras Francisco Marín enrollaba las vendas en torno a sus tobillos. Entonces Alicia, quien posaba con toda naturalidad, cruzó su piernita. “No sabía yo cómo lo iba a hacer, pero tenía yo un rollo nuevo en la cámara y tenía que tomarlo todo, todo, todo. Tomé la foto de los espinos a un lado de su cuerpo y esa fue la de la portada, pero tomé otras para acabar el rollo nuevo y a una le puse La desvendada”. De pronto ríe. ”Es bueno vacilar, ¿sí? ¿Cómo la ves?… Hay una santa de iglesia que trae los pechos en una bandeja, y mira esta modelo: trae sus ojos en bandeja. Te fijas, son dos triángulos blancos, ¿cómo la ves?”

La buena fama durmiendo. 1939

Nitrato de plata

México se ve distinto a partir de Manuel. Los fotógrafos lo siguen, miran despacito, refrenan sus ímpetus. El arte de sugerir es un arte de perversión, y eso lo sabe Manuel. La fotografía mexicana le debe a Manuel su estética. Su influencia profunda es justamente la del misterio y la de la multiplicidad. Manuel Alvarez Bravo no explica nada. Demasiados sociólogos, psicólogos, antropólogos, escritores y filósofos han intentado situar a México en la comunidad humana. Alvarez Bravo nunca se ha preguntado qué y cómo es México. ¿Qué es México? Nunca ha querido explicárselo. ¿Quién es él? No se describe, no discurre acerca de sí, es demasiado sabio. Sus fotografías son signos. El posee la llave del enigma, él las vuelve sortilegios y a veces maléficos amuletos. Es el hado. ¿Qué son esas ofrendas en la tierra, en el tronco de los árboles, sino encantaciones angelicales o satánicas? Ofrenda primera, Ofrenda segunda, ¿no tienen algo de brujería lo mismo que esas puertas abiertas a la nada? Su influencia profunda en los fotógrafos que lo siguen es justamente la de no decirlo todo.

Parábolas öpticas, 1931

El viejito de la vistas

Lo veo por la ventana de su casa-cueva. Parece un monje; permanece mucho tiempo quieto, meditando. No habla. Lee. Escucha música. De vez en cuando se levanta a cambiar el disco y vuelve a su misma actitud reflexiva. Un poco triste. A los hombres los consuelan los demás hombres, a Manuel lo consuela su propio pensamiento. El pensamiento consuela de todo. Esquivo, en sus ojos, sin embargo, no hay desdén, sólo una extraña seguridad para vivir de cara al enemigo que se agazapa en las rendijas y se asolea cual lagartija: el tiempo. Hace muchos años, en un barrio muy desamparado por Peralvillo, los niños esperaban a “el viejito de las vistas”. Por medio de varios visores, podían asomarse a su carrito en el que hacía girar a vuelta de manivela estampas estereoscópicas que dan la sensación de volumen. Las vistas (grabados franceses de fin de siglo) consistían en una familia de perros vestidos de gente que van a pasear el domingo y otros animales enseñando sus colmillos a pesar de su frac. Era una caja desvencijada y feérica. Así Manuel pone ante nuestros ojos sus propias vistas, las que más le importan, interiores, esféricas e inalcanzables, porque Manuel retrata el tiempo y jamás pregunta: ”¿qué ves?”, porque sabe que el tiempo es invisible. Al igual que Saint Exupery, Manuel se ha dado cuenta que nuestro alcance es corto, y que lo esencial es en realidad un mirar que nadie mira. O casi nadie.

Fragmentos del texto Retrato del viento, escrito por Elena Poniatowska en el 2002.

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Links:

Antes en este blog: Manuel Álvarez Bravo, exposición en la galeria Juan Martin.

Imágenes de esta entrada: Maters of Fine Art Photography Más imáges: Masters of Photography, Galeria Juan Martin.

El siglo XXI viene echando bala Entrevista a MAB, por Angélica Abelleyra, 2001

2 Responses to “Manuel Álvarez Bravo. Retrato del viento”

  1. besilu Says:

    Fotografiar es como escribir, utilizas un elemento lineal que entrelazas con las agujas para materializar un pensamiento o un discurso. Tomando imágenes tomas conciencia del tiempo, lo puedes hacer visible. En esta sencilla acción esta contenida el “durante”.
    Es un proceso rápido, es hacer avanzar la vida, la experiencia, la existencia.A mi me fascina mirar . la relación que se establece entre la luz y los objetos me parece sorprendente, cuando el significado de las cosas se cruza con esos sentidos que le atribuimos a los objetos y la buena luz esta presente creo que surge un momento poético. La necesidad de ubicar una perspectiva clara para interpretar la vida. Creo que el buscar imágenes puede ser una forma filosófica de comprenderla mejor.

  2. Nana Says:

    Contar historias, el tiempo como parte de los símbolos de lo cotidiano, el mismo que pasa desapercibido hasta que se nos presenta de una manera distinta, y surge la reflexión, el verdadero encuentro con lo que siempre ha estado ahí, y quizás invisible, es tarea del creador hacerlo visible. Siempre hay una imagen esperando ser retratada..y pesar que todos somos una imagen..


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