Esculturas de Leonora Carrington al aire libre

febrero 14, 2008

Escultura de Carrington en Reforma/ EFE - 13-02-2008

Leonora Carrington en el paseo de la Reforma.

Hace un par de díuas se inauguró una muestra escultórica de una de las artistas más importantes del movimiento surrealista. Con diecisiete esculturas, mas algunas cajas de luz que muestran reproduciones de sus pinturas y algunas fotografías personales, esta exposición permanecerá en el andador de paseo de la Reforma, desde Gandhi hasta el Museo de Arte Modeno. Hasta el 31 de Octubre.

No me acostumbro a la vejez

Por Silvia Cherem S. [ElNorte.com]

La pintora Leonora Carrington cumple el viernes 90 años. Más que surrealista, la artista se declara feminista; afirma que nació con su vocación y que hoy la rodea el vacío“No quiero tener 90 años”, dice la legendaria pintora inglesa Leonora Carrington, “pero no me queda más que aceptarlos, porque nadie me preguntó si estaría dispuesta a traerlos encima”.A pesar de su mordaz sentido de la ironía, la acosa el fantasma de la inseguridad.

“Me siento un desastre, no me acostumbro a la vejez. Me canso y todo pierdo: los lentes o las llaves. Ni siquiera recuerdo qué día es hoy”, expresa.

Desconfiada se abriga con un caparazón de hostilidad. Detesta que los aduladores se le acerquen, abomina la impuntualidad y se angustia cuando tiene que conocer gente nueva.
Asegura que la fama mata las relaciones y humilla al ser convirtiéndolo en un “monstruo de consumo”.

Opta por la comodidad de su encierro, prefiere invitar el té en su cripta sombría rodeada de sus magos y hechiceros, cocodrilos, hienas o puerco espines que conviven con uno de los pocos muebles de su casa: una estufa añosa de carbón de más de 100 años, tapizada de coloridos papelitos con las referencias de sus conocidos y sobre la cual descansa el teléfono de disco que responde.

“Jamás me interesó comprar muebles para mi casa, siempre quise regresar a Europa”.

Sale poco y, si lo hace, casi siempre es a pie. Aún le gusta caminar por Álvaro Obregón, hacer las compras o acudir al banco. Vive desde hace más de medio siglo en una casa en la Colonia Roma, frente a ruinas surrealistas que dejó el temblor de 1985.

“Cuando llegué aquí era una colonia muy bonita; ahora en cada esquina proliferan los burdeles y las funerarias”.

Está especialmente guapa: porta unos aretes de plata con turquesas, que combinan con el morado de su blusa de cuello de tortuga. Su chongo cano, ajustado con peinetas de carey, enmarca su rostro, nido de arrugas. Su mirada de gato es sagaz, electrizante.

Sigue siendo bella. Porta además dos suéteres, siempre se sobrecobija aunque el día sea caluroso.

Leonora Carrington

“Mis vecinos levantaron una inútil barda, mutilaron mi añosa jacaranda y mi casa se convirtió en una cueva oscura y gélida, fría como la caridad, en la que hace años dejó de penetrar el Sol”.Camina erguida presumiendo sus tenis negros cuando menos dos tallas más grandes que sus pies, pero, dice, resultan cómodos para andar.

“¿Cómo soportas esos zapatos?”, me pregunta. “Se te van a poner los pies como patas de gallo. Los zapatos puntiagudos o con tacones, los hicieron los hombres para esclavizar a la mujer, para detenerla. Yo jamás los usé”.

Acepta salir a pasear, sobre todo si vamos a tomar un café a “su refugio espiritual”, el Sanborns del Palacio de Hierro Durango. En la luz roja, nos tiende la mano un limosnero.”Parece diputado”, califica con ironía. “Yo no creo en los políticos, no entiendo a los que buscan el poder, me parece horrendo. Lord Acton, el primer anarquista, decía: ‘todo poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente'”.

Sólo una vez ejerció su voto, en 1988, porque vio en Cuauhtémoc Cárdenas a un hombre simpático, inteligente y de bien. Desde entonces nunca más ha votado, pero se mantiene informada. Busca saber de Felipe Calderón o de los desplantes de Andrés Manuel López Obrador, del terrorismo o de las focas que asesinan en Canadá.
“No tengo mucha esperanza en la especie humana. Este planeta está cada vez más sobrepoblado y el hombre lo depreda todo sin conciencia ni control. La única manera en que podría preservarse sería imponiendo una política de esterilización multitudinaria o un severo control de la natalidad. No encuentro otra solución”.Asegura que prefiere a los animales sobre los humanos, porque son más bellos y más inteligentes. Como mascotas tuvo perros y luego gatos. Los últimos, Monsieur y Ramona, dos siameses que llegaron por su propio pie a su casa y con los que convivió más de una década, recientemente murieron.

“Los extraño, pero ya no tendría mascotas. Si murieran me sentiría responsable”.

Leonora saca su único “maquillaje”, un chap stick que se unta en los labios para evitar que se le resequen. Lo guarda en su pequeña bolsita de tela que en todo momento trae cruzada sobre su pecho. Ahí guarda celosamente su tesoro, sus llaves, y sus delgadísimos cigarros Benson and Hedges, casi sin nicotina, mismos que ella además filtra con una boquilla.
A pesar de llevar más de 50 años en México, se siente más cómoda hablando en inglés. Con el fotógrafo judío húngaro Chiki Weisz, su esposo recientemente fallecido y con quien vivió 61 años, se comunicaba en francés.

Asegura que no cree en la institución del matrimonio: “sólo sirve para esclavizar a la mujer”, e insiste en que las mujeres “por tontas” han soportado la opresión. “Yo me quedé con Chiki por mis hijos”.

La conversación se remonta a su juventud.

“Nunca hubiera querido dejar París, la guerra me obligó”.

En 1937, tras haberse rebelado contra el corsé aristocrático en el que la quería aprisionar su padre Harold Carrington, socio mayoritario de la prestigiada compañía textilera inglesa Carrington and Dewhurst, Leonora conoció al pintor surrealista Max Ernst, con quien compartió su vida en Francia hasta 1940. Ernst, de 46 años, sedujo a Leonora, de tan sólo 19. Así comenzó la leyenda de “La desposada del viento”, como él le llamaba.

“Aunque me atraían las ideas de los surrealistas, no me gusta que hoy me encajonen como surrealista. Prefiero ser feminista. André Breton y los hombres del grupo eran muy machistas, sólo nos querían a nosotras como musas alocadas y sensuales para divertirlos, para atenderlos. Además, mi reloj no se detuvo en ese momento, sólo viví tres años con Ernst y no me gusta que me constriñan como si fuera una tonta. No he vivido bajo el embrujo de Ernst: nací con mi vocación y mis obras son sólo mías”.

El idilio entre Leonora y Max se vio truncado cuando los nazis cruzaron la línea Marginot y persiguieron a los surrealistas condenándolos a muerte. A Max lo apresaron; ella huyó a España. Sin saber del paradero de Ernst, ella descendió a la locura, un episodio que detesta recordar y que narró en “Memorias de Abajo”. Fuera de control, rabiosa ante la dictadura y la muerte, acabó en agosto de 1940 en el Hospital Psiquiátrico de Santander, en el pabellón para “locos peligrosos e incurables”.

De ahí, Leonora huyó después de casi un año de reclusión. Aprovechó un baño con doble puerta en una cafetería, tomó presurosa un taxi a la Embajada de México en Portugal y ahí solicitó la presencia del poeta Renato Leduc, a quien conoció en París a través de Picasso.

“Casi todos los diplomáticos esperaban barcos en Portugal con el fin de huir de Europa y pensé que Leduc también. Meses antes, Ernst había invitado a Picasso a cenar a nuestra casa y éste llegó con Renato. Pensé que él podía ser ‘mi salvador'”.

Y lo fue. Se casó con ella para poder facilitar los trámites de salida de Portugal. Viajaron a México, vía Nueva York, y en la Gran Manzana ella se encontró con Max, ya casado con la coleccionista Peggy Guggenheim.

A través de Leduc, conoció a Diego Rivera, José Clemente Orozco y sobre todo a Frida Kahlo, cuya pintura le gustaba.

“Renato era un hombre bueno y decente, pero teníamos intereses totalmente opuestos. Su mundo, con corridas de toros, sangre y muerte, acabó por fastidiarme”.

Carrington echó raíces en el México nacionalista.

“Me parecía un país sumamente exótico. Todo era nuevo: desde el espíritu de la gente o la variedad de comidas, plantas y animales, hasta el paisaje y el contacto con los muertos. Una de las actividades que más me gustaba era ir al mercado, descubrir los chiles chipotles o los gusanos de maguey”.

Comenzó una sólida amistad con Octavio Paz y Juan Soriano, con quienes trabajó en Poesía en Voz Alta. Socializó con otros refugiados: la fotógrafa Kati Horna y su esposo, José; el cineasta Luis Buñuel, los pintores Esteban Francés y Gerardo Lizárraga, y el poeta Benjamin Péret, casado con Remedios Varo, a quien conocía desde Europa y se convertiría en su mejor amiga.

En casa de Remedios y Péret, Leonora conoció a Chiki en 1943. Al poco tiempo optaron por vivir juntos y en 1946 se casaron. Ese mismo año nació su hijo Gabriel y, en 1947, Pablo. Hasta hoy, es el bienestar de sus hijos lo que más le quita el sueño.

“A veces quisiera que se inventara una píldora para curar la obsesión materna”, dice.

A Leonora se le olvidan ya los nombres de la gente, pero disfruta con el vaivén de su memoria. Recuerda su primer caballo, un pony malhumorado de cabellos largos hasta el suelo, que tuvo en Crookhey Hall, el castillo neogótico donde transcurrió su infancia. Viene a su mente Inés Amor, que inicialmente se negó a vender su obra porque no era nacionalista; o Edward James, el coleccionista de pintura de Dalí e hijo bastardo del Rey Eduardo VII.

Con humor y sarcasmo se ha defendido del conformismo. Acompañada de caballos voladores, parlantes y festivos; aristócratas hienas disfrazadas de duquesas, hadas peludas, cerdos gigantes, cabras, mandriles, unicornios y gatos, ha visto pasar sus días trabajando en reclusión. Sabe, sin embargo, que no hay máscara o telaraña que le ayude a enfrentar la vejez, que la condena a deambular en un laberinto de niebla.

“Tengo artritis en mi pulgar abultado, y eso ya no me deja trabajar. Ser viejo es una maldición”.

Marginada en su casa-garaje, continúa creando de vez en vez. No obstante, padece obsesionada el “proceso de aprender a morir”.

“No tengo creencias que me ayuden a apaciguar mi angustia. Aunque simpaticé con el budismo, nunca supe a cuál dios adoptar y hoy me rodea el vacío…”.

Como lo ha representado en algunos de sus dibujos, seguramente imagina que, al momento de su partida, abandonará su bata de murciélagos para reencontrarse con el espejo de sí misma. Quizá también desde el fondo del ataúd, cuando el enterrador jorobado esté cavando su tumba, podrá mirar con sorna, multiplicada rebeldía y libertad, el rostro de quienes llorarán su partida…

3 Responses to “Esculturas de Leonora Carrington al aire libre”

  1. Socorro Vallejo Says:

    Ha sido interesante leer a cerca de leonora.

  2. othon Says:

    No creo que Leduc haya vivido obsesionado por los toros y la sangre.La letra de la canción “SABIA VIRTUD DE CONOCER EL TIEMPO…lo pintan como un poeta excepcional.Creo que se llama Tiempo y Destiempo.Descansen en Paz ambos.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: